martes, 13 de abril de 2010

Cuento I

Aquellos eran los días en que los grilletes impedían el movimiento de mis brazos, y el látigo era la forma de despertarnos diariamente, yo era aún sólo un niño, veía a mi madre siempre preocupada por darme una ración de comida más grande, para que no muriera como lo habían echo varios de los que nos acompañaban, con el estómago hinchado y raquíticos al punto de que fue tanta la mortandad que tuvieron que subir las raciones de comida porque no tendrían más trabajadores para sus minas, éramos esclavos, para los dueños de las minas, nada más que una herramienta, tan reemplazable como una picota o una pala.

Recuerdo con claridad que hubo un día del primer verano en el que tomaron a mi padre y le interrogaron por la desaparición de una libra de diamantes la semana anterior, y la posterior desaparición de uno de sus hermanos, todos ellos eran esclavos de esta compañía minera; fue a él pues, a quien tomaron para escarmentar, a modo de impedir nuevos robos, se dijo que el castigo para ladrones y sus familias era el siguiente, tomaron cuatro caballos, y amarraron a cada uno de ellos, una extremidad, ya fuese brazos o piernas, y los fustigaron hasta desmembrarlo, murió de dolor segundos antes de que el desmembramiento fuera efectuado, supe después que mi tío sufrió el mismo destino por intentar cambiar los diamantes en el pueblo más cercano, completamente controlado por la compañía minera.

La huella de este sufrimiento cala profundo en mi corazón, aún pensando que ya han pasado alrededor de 20 años de aquellos eventos, ocurrieron en el verano de 2006.

1 comentario:

  1. Ese Lillo del futuro que reelaboró la concepción del tiempo me gustó.
    Me gustó aún más haberte podido encontrar denuevo, y aunque no hay una relación personal con estas palabras, es bueno sentir que aún puedo encontrar algo de ti... Cuídate, Gonzalo. Te hecho caleta de menos.

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