Ésta permanente exposición a formas de vida y percepciones de acontecimientos y conceptos provoca en el individuo de hoy en día “una especie de conformidad que permite que los dominadores sean obedecidos, pues los dominados consideran que para ellos hay otros rasgos del mundo más importantes que su actual subordinación y que la posibilidad de un régimen alternativo” (1); por tanto que el control ideológico es de por sí un método para sustentar el poder, donde los dominadores, los que lo ostentan, podrán modificar las veces necesarias sus propios planteamientos para obtener el respaldo necesario, a modo de legitimación, para modificar sus propias estructuras de control, según los problemas contingentes que van surgiendo.
En este juego con las mismas piezas, los medios de difusión ideológica desarrollan un papel trascendental, ya que a través de éstos, y de las relaciones sociales de persona a persona, se difunden y fortalecen las ideologías, y además, son las bases con las que se construye la superestructura del control, debido a que cada elemento de su composición está cuidadosamente ensamblado para abarcar de la mejor manera todos los aspectos privados y públicos donde su ideología debe intrometerse, para ser efectiva a modo de control. Como se mencionó anteriormente los medios de difusión ideológica son: los medios masivos de comunicación, las expresiones artísticas y la educación; y a través de ellos, el mensaje codificado y subliminal, mayoritariamente, se impregna en la mente como un lastre extremadamente difícil de eliminar, que hace de los hilos de una marioneta que se cree viva, delimitando su comportamiento con una efectividad aterrorizante. Los medios masivos de comunicación, por su parte, lo forman en una sola línea de opinión con matices leves para dar la impresión de diversidad; por otro lado las expresiones artísticas le dan al individuo los conceptos de belleza, virtud y placer según lo designa este mismo aparato de control; y la educación lo forma en su componente axiológico enseñándole a determinar lo que es correcto a incorrecto, de verdad, más allá de las nimiedades de la legalidad jurídica, con las que sindico a los proyectos políticos calificados como erróneos, a las concepciones de la realidad señaladas como obsoletas y a la diversidad de formas de pensar tomadas como sandeces de otras eras arcaicas y sin significación, pues todo lo que no es el pensamiento actual es calificado de incoherente.
Sin embargo, existen pequeñas brechas, deslegitimadas por el mismo sistema, y por tanto miradas en menos por grandes sectores de la sociedad, por donde las ideas de este pensamiento único han influido, pero no han determinado su curso y se le ha podido criticar con total libertad, pero estos pequeños resquicios de libertad real de pensamiento han sido explorados por pequeños grupos de personas, en su mayoría intelectuales, que tienen la obligación de expandir esta libertad de conciencia real, hacia los sectores que no gozan del acceso a estas realidades, pues como dice el frecuentado refrán “la unión hace la fuerza” y son las masas las que pueden llevar a cabo cambio sustanciales, si estos se realizan en sincronía con fallas estructurales en las bases socio-económicas del propio sistema imperante, porque como se ha visto a través de la historia cuando los grandes sistemas caen, sus mismos elementos desmembrados recobran con un parecido casi irrisorio, desde un punto de vista global, la forma que tenían antes de caer con algunas modificaciones que dan lugar a la integración o la exclusión según sea el caso para así ser reconocidos como legítimos regímenes y dar lugar a un nuevo período de dominación con algunos cambios que determinarán en el futuro la caída del mismo sistema y la reconstrucción de éste una y otra vez hasta que exista conciencia de esta realidad, junto con organización, capacidad de acción, compromiso y coraje para enfrentarse al sistema que no le ofrece garantías y sea arrancado desde sus raíces más profundas y se construya sobre el un sistema donde no exista rencor por la opresión ejercida por generaciones y no haya lugar a jerarquías desmedidas e injustas. Esta utopía, que en lo más íntimo de mi ser ansío, involucra también una difusión ideológica de los planteamientos de cambios y descrédito de la otra ideología, la hegemónica, donde se utilizaría el método propagandístico para la transmisión de estos pensamientos, sin embargo las ansias de poder y los personalismos podrían deshacer o transfigurar la ideología en sí, derivando en un simple cambio de grupos de poder con la permanencia de las injusticias que provienen desde siempre o llevar el movimiento al vacío, donde perecería como una más de las ideas inservibles para una sociedad de progreso y orden que no necesita utopías, sino materialismos que la alimenten en su vorágine devoradora sin fin.
(1): Villar Fernando, “el poder de la ideología y la justificación ideológica del ajuste estructural”, Pág. 3