lunes, 5 de julio de 2010

Cuento II

Una mano asoma por mi ventana y miro extrañado, que es la de mi pequeño hermanito, no debería estar acá, el vive con mi padre en el otro lado de la ciudad, pero si, es él, y viene con el mi padre. Se me había olvidado que hoy era el cumpleaños de mi hermanito, no lo veía hace ya un año, desde su última celebración que fue tal cual esta.

Feliz mi hermanito, camina hacia mí para abrazarme, cuando escuchamos de pronto un zumbido en el aire.

Abro los ojos y todo gris, polvo en el aire, siento un fuerte dolor en mi pierna, y claro está aplastada por una mesa, me cuesta incorporarme, mareado y con un fuerte zumbido en el oído, se me hace difícil ver y escuchar, tanteo alrededor, y siento una mano, la tomo y no responde, trato de tirarla a fin de ayudar a levantarse a quien sea quien posee esa mano, ya con mi vista despejada, mas no mis oídos activados veo como la pared se ha derrumbado y bajo un bloque de concreto está mi madre, su mano sobresale y la reconozco por la ropa, grito por ayuda, grito y sigo gritando, pero nadie llega, nadie aparece por ninguna parte, ni mi hermanito ni mi padre, miro entonces a mi alrededor y veo a mi hermanito bajo una silla, acurrucado, sin moverse, le digo “Ayúdame a sacar a la mamá”, él me dice, mira, y señala en dirección hacia lo que había sido la puerta de nuestra casa, y veo a mi padre con un trozo de concreto en la zona superior del cuerpo, no me puedo mover, he quedado paralizado.

En eso llega uno de mis tíos que vivían 3 casas más allá de la nuestra, nos ve a ambos y nos saca, luego con la ayuda de varios vecinos, sacan a nuestros padres muertos, entre los gritos de lamentos y reclamos contra Alá, escuchamos maldiciones contra los supuestos gestores de este bombardeo, maldicen a Israel.

martes, 13 de abril de 2010

Cuento I

Aquellos eran los días en que los grilletes impedían el movimiento de mis brazos, y el látigo era la forma de despertarnos diariamente, yo era aún sólo un niño, veía a mi madre siempre preocupada por darme una ración de comida más grande, para que no muriera como lo habían echo varios de los que nos acompañaban, con el estómago hinchado y raquíticos al punto de que fue tanta la mortandad que tuvieron que subir las raciones de comida porque no tendrían más trabajadores para sus minas, éramos esclavos, para los dueños de las minas, nada más que una herramienta, tan reemplazable como una picota o una pala.

Recuerdo con claridad que hubo un día del primer verano en el que tomaron a mi padre y le interrogaron por la desaparición de una libra de diamantes la semana anterior, y la posterior desaparición de uno de sus hermanos, todos ellos eran esclavos de esta compañía minera; fue a él pues, a quien tomaron para escarmentar, a modo de impedir nuevos robos, se dijo que el castigo para ladrones y sus familias era el siguiente, tomaron cuatro caballos, y amarraron a cada uno de ellos, una extremidad, ya fuese brazos o piernas, y los fustigaron hasta desmembrarlo, murió de dolor segundos antes de que el desmembramiento fuera efectuado, supe después que mi tío sufrió el mismo destino por intentar cambiar los diamantes en el pueblo más cercano, completamente controlado por la compañía minera.

La huella de este sufrimiento cala profundo en mi corazón, aún pensando que ya han pasado alrededor de 20 años de aquellos eventos, ocurrieron en el verano de 2006.